Beatriz Gómez “Vivir después de haber muerto”


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1 de Julio de 2013

Vivir después de haber muerto

Un relato de Beatriz Gómez

Unas manos frías tendidas sobre mis hombros, indican que el frío de la muerte se acerca.

Una sensación turbulenta sube por mi estomago y sale por mi garganta, dejándome sin aire y sediento. Aturdido, descubriendo como aflora en mí algo que nunca había pasado antes.

El iris azul de mis ojos oscurece, y volvióse gris, ahogando las gotas salinas que brotan desmesuradas por mis mejillas. Mi cuerpo pide a gritos volar a la otra vida para vencer el terrible sufrimiento. No existe consuelo para remendar un corazón destrozado, sin pálpito, sin esperanza, sin fuerza.

Julia me abraza, me rodeaba fuertemente con sus brazos, protegiendo mi rostro entre su pecho, transmitiéndome un calor de madre; de una mujer protectora, como esa madre que se me ha ido al cielo. La mujer de mi vida, esa que dio la vida por salvarme.

Carolina, mi madre, siempre fue una mujer ejemplar, de esas atentas que se levantaba muy temprano para alistar la cesta del desayuno cada mañana.

Se asomaba a la puerta en cada despedida, y esperaba con mirada fija que los kilómetros de carretera hicieran desaparecer la imagen de la persona que traía el pan cada día al hogar; su marido, el padre de sus hijos.

Las tareas del día eran siempre monótonas: lavar, planchar, cocinar y esperar ansiosa la llegada del hombre de la casa, su única compañía.

Era un matrimonio boyante, dispuestos a pasar el resto de sus días juntos, idóneo para formar una familia modélica, de esas que unen sus vidas ante Dios y ante el mundo, entrelazados y para siempre.

Al año del casorio, llegué yo; depositando un doble brillo en sus ojos, una doble felicidad, una nueva fuerza para seguir luchando, una responsabilidad eterna, un hijo entre sus brazos…

Me bautizaron como Ángel, porque mi madre decía que un ser divino había llegado a sus vidas.

Mis ojos brillaban en un intenso color azul como los de mi padre y mi sonrisa descubría una enorme boca, idéntica a la de mamá. Nunca sentí un vacío, porque jamás me dejó solo, ni un sólo minuto, ni un sólo segundo, siempre estaba ahí.

Recuerdo el reflejo de sus ojos, el brillo que desprendía ese iris pardo que chispeaba burbujas color champán, el color más extraordinario que jamás podrán contemplar nuevamente mis pupilas… Los ojos más transparentes, más puros que han existido sobre la Tierra.

Cuando cumplí cuatro años, me di cuenta como la barriga de mi madre comenzaba a crecer. Otro miembro de la familia estaba en camino, y yo era un niño afortunado, alegre y feliz.

Puedo rememorar como acariciaba su tripa, con suavidad, con delicadeza, con una ternura inmensa, con unas ganas intensas de que aquel bebé ya estuviera en su regazo.

La familia crecía, afloraba un nuevo fruto salido de sus entrañas, mi hermano pequeño; Micaelo.

Tuve una infancia muy bonita, al lado de un gran hermano, con el cual experimente hazañas imperecederas, siempre unidos, mirando juntos a la misma dirección.

“Galleta”, que así se llamaba nuestra mascota, nos acompañaba en nuestras múltiples aventuras, era el tercer mosquetero; un sabueso al que nunca escuché ladrar, sólo aullar como los pequeños lobeznos cuando se sienten solos y buscan el calor de una madre. Tenía unos ojos tristes, y movía la cola de un lado a otro siempre que la observaba. Cuando pronunciaba su nombre, sólo se acercaba; subía sus cortas patas a la altura de mis rodillas y aullaba como un lobo perdido, mientras yo le acariciaba sus enormes orejas y le susurraba: “Buena chica”.

Mi hermano y yo discutíamos muy poco, rara vez, pero sólo había un tema que nos enfrentaba como a los peores enemigos. El debate de cada día, el motivo de nuestras disputas, el quebradero de cabeza de mamá.

Micaelo por ser el pequeño estaba doblemente consentido y creía que todo el afecto tenía que ser depositado en él. Me chinchaba, al mismo tiempo que me restregaba que era el único dueño de “galleta”.

Si había algo que me enfureciera, eran esas palabras que escupía por la boca esa parte de mi sangre. Me hacían mucho daño, causándome un terrible sufrimiento.

“Galleta” me vio crecer, fue el primer ser que pude rozar con las yemas de mis dedos, después de mi madre.

Me perseguía a todos lados y jugaba conmigo. Mientras permanecía en la cuna, la miraba fijamente, y entre los barrotes, deslizaba mis pequeños dedos y acariciaba su húmedo hocico, mientras, ella me propinaba unos lametones cosquillosos que embadurnaban de babas las palmas de mis manos, eso me hacía reír a carcajadas y pronunciar mis primeras palabras.

Mi sabueso tenía tres años cuando yo descubría la vida, y fue la primera hermana, la primera amiga, el primer ser que llenaba mis vacíos mientras me disponía a revelar el mundo. Sólo ella y mamá velaban por mí.

El lazo sanguíneo que me unía a Micaelo no era suficiente para que yo renunciara a mi amor por ella, y me dolía, me dolía en el alma, que él quisiera arrebatármela, que fuera capaz de encariñarla más de lo que lo había hecho yo, y eso me llenaba de unos incontrolables celos.

Una sensación que no quería que experimentara mi cuerpo, al fin y al cabo, Micaelo ocupaba el tercer lugar en mi corazón, después de mamá y galleta.

La conciliación llegaba dela mano de mamá, uniendo nuestras manos y poniéndonos frente a frente para recordarnos uno de los diez mandamientos. Éramos hermanos y vernos así, hacía que se apagara su mirada. Cuando por fin nos fundíamos en un abrazo y colaborábamos en su petición, recobraba nuevamente el brillo.

Pasaban los años y seguíamos siendo los tres mosqueteros, mayorcitos pero juntos, aunque “Galleta” ya era longeva. Sus extremidades flaqueaban y su visión no era nítida. Se acercaba el fin de sus días, de esos días en los que correteaba de un lado a otro en busca de nuestras miradas llenas de entusiasmo y bienestar. Desaparecía el vigor… Se acercaba. Hasta que llegó el trágico momento. Estaba escrito, ese día el crepúsculo fulguraba más que nunca, indicando que nuestra compañera nos dejaba para siempre.

La secreción acuosa brotaba por mi rostro, empapándolo por completo, desconsolado por la pérdida.

Micaelo también lloraba, sus lágrimas y las mías formaban una riada que era capaz de irrigar todas las margaritas que habíamos depositado sobre su tumba.

Mi primer gran dolor, la primera vez que descubrí lo que era realmente una tristeza, una pérdida de un ser querido, un puñal en mi pecho.Mamá cavilaba, no sabía que hacer para devolvernos el aliento que se nos había llevado nuestra inseparable“galleta”.

Nunca se paró a pensar en ese momento; era madre, pero no estaba preparada para devolverle lo más preciado a sus vástagos.
Los años aliviaron el quebranto, pero en el corazón permanecía el amor que sentía por mi sabueso.

Ahora sólo contaba con Micaelo, pero llegaría el día en el que estuviéramos crecidos y cada uno escogería su rumbo.
Ese día llegó. Mi hermano encontró esa compañera que llegaría en algún momento, mi cuñada Julia.

Julia era encantadora, una mujer extraordinariamente ordenada, de risa nerviosa y cabellos rizados a la altura de la barbilla. Jugaba al ajedrez como nadie y entretenía cada tarde a Carolina, mi madre, haciéndole unas jugadas maestras.Estaban bien compenetradas, con Julia había llegado una nueva alegría a la casa.

Era feliz viendo como mi prójimo lo era, aunque yo seguía solo, dando vueltas por el mundo, sin encontrar la compañera con la que recorrer mi camino, sin conocer el sentimiento del amor.

No me sentía un bicho raro,me lo tomaba con calma, no quería precipitarme.

La vida corría, mis días pasaban y no afloraban los sentimientos en mí. No estaba preparado para amar, el tiempo me había hecho asimilarlo.

Veía a Micaelo y Julia unidos, dichosos; sujetando su pequeño regalo de unión, y yo, solo, terriblemente solo,viviendo con mis progenitores, ya vetustos y aquejados, soportando de un tirón mi mísera existencia.

Una mañana de domingo, salí muy temprano para recoger energía y activar mi cuerpo. Era poco habitual, la jornada laboral no me lo permitía. El paseo prometía ser benévolo, el día estaba precioso y el sol reflejaba encima de los árboles que encontraba a mi paso.

Poco duró mi entusiasmo. De repente sentí que el oxigeno que entraba por mis pulmones había desaparecido, una punzada hiriente atravesaba mi interior, como un puñal cuando se clava. No alcancé a recordar nada más, y de un momento a otro, caí fulminado al suelo.

Logré despertar, y cuando lo hice, las paredes pálidas eran mis únicas compañeras. Mi visión no era buena, mis manos temblaban de una manera extraña. Me sudaba la frente, la exudación bajaba a goterones por mi rostro llegándome al cuello.

Débil, indefenso, turbado… no hallaba explicación. De repente, estaba postrado en aquella cama de hospital mohíno y me sentía sin fuerzas, prácticamente sin pálpito.

No entendía porque nadie estaba conmigo, ni mi hermano, ni mamá.

Después de varios días llegó Julia. Su risa nerviosa había desaparecido, sus ojos eran tristes y la mirada reflejaba confusión. Intento tranquilizarme, consolándome perdidamente, hablándome de mi pronta recuperación. Era extraño, pero era todo lo que necesitaba. Las manos de Julia me traspasaban esa alegría perdida. Me olvidaba por completo del resto, sin importarme porque no estaban allí conmigo los demás.

Julia entre sollozos, me contaba que mi familia estaba débil, habían sido donantes y debían permanecer en reposo durante días. Mi endeble corazón se había ocupado de alejar a los seres más queridos de mi lado. Estaban haciendo todo lo que estuviera en su mano por salvarme.

Lo entendía, y aunque la compañía de Julia durante tantos días en el hospital me agradaba, comenzaba a extrañar las palabras de aliento de mamá. Un abrazo, un suspiro que expulsará el aire de su cuerpo en mi cara, una mirada achampanada llena de resplandor…
La mujer de mi hermano, mi compañía en los días que se estaban convirtiendo en los más amargos de mi vida, recobraba la fuerza. Sus ojos se iluminaban cada vez que cruzaba el umbral dela puerta y su risa volvía a reaparecer en su apariencia. Más animada y con vigor, depositaba en mí las más cálidas atenciones.

El día de mi operación,apareció acicalada, perfumada y con un brillo diferente. Llegó llena de optimismo, transmitiéndome su fuerza, diciéndome que todo iría bien. Ese día nunca lo olvidaré.

Sentí que llevaba toda una vida buscando algo y ahora estaba ante mis retinas. También sentí que mi existencia podría acabar en cuestión de horas. Me prometí a mí mismo y al cielo, que si volvía abrir nuevamente mis ojos, lucharía por vivir y por lo que empezaba a sentir.

Más de medio día en el quirófano, debatiéndome entre la existencia y el fin. Mi cuerpo permanecía muerto pero mi alma seguía viviendo.

Por mi cabeza pasaba mi inocencia, mi pubertad, mi juventud y al final de ese recorrido, un beso de amor, en los labios de mi cuñada Julia.

Nunca pude saber si eran pensamientos y deseos míos ó simplemente, la historia de mi vida.

Abrí nuevamente mis ojos y allí estaba ella. Delicada, sonriente, dispuesta a sacrificar cada minuto de su tiempo por estar a mi lado. No había nadie más,sólo ella. Mi estirpe no estaba tampoco en esta ocasión conmigo. Al fin y al cabo era todo lo que tenía, sólo un hermano y una madre, después que había fallecido papá.

Comenzaba a preocuparme,pero Julia me miraba y lograba tranquilizarme. Pensaba en el día que la que miré por primera vez con otros ojos y en aquel beso que finalizaba la historia de mi vida en aquel deprimente quirófano. Luego, me mortificaba… Micaelo era hermano mío y no podía hacerle tal cosa.

Tras varios días de recuperación y con la sola compañía de Julia, volví a levantarme de la cama que me tenía postrado, volví a visualizar a través de aquella ventana como era un atardecer.

Frágil pero con fuerzas, deseaba con ansias salir de aquella horrorosa clínica y correr para abrazar con ímpetu a mi familia.
De camino a casa, Julia me miraba, hacia un gesto suave con su mano en mi hombro y dibujaba una media sonrisa en sus labios. Luego volvía a mirar hacia la carretera, pero sin mediar una sola palabra.

Mi casa seguía allí, en el mismo lugar, igual que siempre, con sus flores reluciendo en el jardín y los pájaros anidando en la arboleda.
Mi cuerpo se estremecía, y la emoción del reencuentro me traspasaba. Loco de felicidad y al mismo tiempo de miedo. Era mucho tiempo sin ver a los portadores de mi sangre.

Mil sensaciones se agolparon en mi cuerpo cuando entre y allí no había nadie. La casa estaba vacía, solitaria, se respiraba aire de tristeza.

Julia me observaba y ante mi mirada rota de dolor, toco mi hombro y me contó la terrible noticia.

El mismo día que padecí el infarto en el parque, mi hermano corrió en mi busca y su nerviosismo hizo que perdiera el control del volante, su vehículo colisiono con un camión frigorífico que hacía sus labores por la zona.

Mamá, ante la tristeza, se armó de un terrible valor y quiso poner fin a su vida, salvando la de uno de sus hijos, el que aún estaba vivo. Yo.

Nunca aprendió a nadar y se dirigió a la presa más próxima, a seis metros de nuestro hogar, y sin pensar dos veces, se lanzó dejándose ahorcar por las turbias aguas.

En la mesilla de noche, dejó una nota: “Retiren mi corazón, pero salven a mi hijo”. Estoy en la presa más cercana. La mujer de mi existencia,la única que amé, había vaciado su cuerpo con una única ilusión, que yo siguiera viviendo. Se había entregado al cielo, con el propósito de darme una nueva vida.

Lagrimeo amargamente su partida, y por momentos siento que paso nuevamente por la muerte.

Cada día que pase recordaré sus palabras, sus sabios consejos, su risa contagiosa, ese pelo cano que le brillaba como la seda recién salida y sus ojos color champán, esos que me contemplaban con ternura en cada mirada.

Ahora sólo me queda vivir, ahora sólo me queda Julia.

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Beatriz Gómez Magdalena

Escritora

Ver ficha completa aquí.

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