FUEGO. A la memoria de Dolores Campos-Herrero


30 de octubre de 2013.

FUEGO. A la memoria de Dolores Campos-Herrero

Por Rosario Valcárcel

-Quisiera que se inventara algo para embotellar los recuerdos, igual que los perfumes, y que nunca se desvaneciesen… De la película Rebeca.

Dicen que Guayadeque era el lugar que más se parecía al paraíso.

La isla es un círculo titánico lleno de escondites, valles y hondonadas. Desnudas manchas verdes, orlas de pinares y círculos de color castaño formado por barrancos profundos.

Para ella el barranco pertenecía a un mundo especial, un mundo donde se había detenido el tiempo, un lugar de ensueños, arroyos encantados y palmeras aisladas…

Cuando era pequeña le parecía que las cuevas inaccesibles de los antiguos pobladores eran cabañas con muchas ventanas adornadas con incrustaciones de marfil, aposentos con lechos de pedrería y paredes cubiertas de tapices. Cementerios prehistóricos protegidos por hiedras. Signos diabólicos entre las laderas

Hacía ya mucho tiempo que las cosas entre Laura y Carlos no iban bien. Eran seres rutinarios que crecían en distintas direcciones. El amor entre ellos daba los últimos coletazos cuando conoció a Norberto en la sala de espera de su dentista.

Los pacientes cuchicheaban, y –no sabía el por qué –empezó a mirarlo. Se había sentado enfrente de ella.

-Me recuerda usted a una chica que…

No le contestó, lo vio venir. Sonrió con desgana….

El diálogo no comenzó siendo amistoso, pero se trataba de aproximarse… Otro día volvieron a coincidir y descubrieron que de quinceañeros se habían conocido. Ella no se acordaba.

A partir de aquel día deseaban estar siempre juntos. Jugaban a ser adolescentes, buscaban el idilio, la intimidad en sitios en donde no los conocieran…

Una noche fueron a Guayadeque, se adentraron por aquella carretera. Mientras él conducía con una mano con la otra levantaba la falda buscaba entre los muslos. Subían los senderos empinados y ventosos… A ella el corazón le palpitaba, se acordó que fue un lugar sagrado donde los primeros pobladores guanches practicaron sus rituales de enterramientos, momificaban a sus muertos… Era un lugar mágico en donde si prestas atención ves a las ánimas sonreírte.

Disfrutaban haciéndose fotografías del misterio… Se entregaban con prisa, se abrazaban una y otra vez…

-Te quiero, te quiero.

Eran amantes clandestinos.

Otro día volvieron a Guayadeque, aparcaron el coche en la oscuridad y pronto él empezó a hablar en todo engatusador:

-Buenas noches.

Se acercaba melosa. Fulminada por su cercanía, cuando él le pasaba un brazo por los hombros.

-Estás preciosa –añadía, su voz sonaba dulce.

La miraba  y miraba para asegurarse que no era un espejismo. Llevaban un mes haciendo el amor, la zarandeaba deprisa, se abalanzaba sobre ella, acariciaba sus muslos, sus glúteos; comprobaba que era de carne y hueso, se apoderaba de su intimidad.

-Paso las noches pensando que tú eres la mujer de mi vida.

A ellas esas cosas la hacían sonrojar…Le ardían las mejillas…

Le quitaba la falda, la blusa, le llegaba el olor de hembra en celo, inclinaba su torso. Ella temblaba de placer. Él le acariciaba su melena… Se quedaba un rato mirándola igual que un caníbal. Entonces sentía que era su presa…

Aquella noche era el día de Todos los Santos, se hallaban en la necrópolis, penetraba un frío extraño y se escuchaba el hilillo de agua naciente. Asustada, abrió mucho los ojos y preguntó:

-¿Tú crees que nos oyen?

-Estoy segura que sí, pero no debemos perturbar las energías que flotan entre ellos. Los muertos viven eternamente…

Entonces le cogió la mano derecha y la llevó  a ese lugar que él tenía siempre muy caliente, a su sexo grande y oscuro. Le sonreía, le dijo algo: –Acércate.

Entonces no se lo pensó: lo besó, lo abarcó  sin descanso, sin orden. Le transmitió  con su boca un ritmo de acordeón a su piel. Cerraba los ojos para asirlo mejor… Ellos nunca lo habían hecho de ese modo, así que en el fondo deseaba que la salpicara con su espuma, que se la lanzara sobre su piel…  No detenía sus manos, lo friccionaba lentamente. De pronto escuchó  hondos suspiros, jadeos, un violento temblor.

Ella tendida entre sus muslos se desmoronaba por todas partes. Él se vació de forma ruidosa y completa, hasta la saciedad; el olor se esparció, enrareció el aire. Dejó que su líquido blanquecino y espeso saliera lanzado sobre su cara, al mismo tiempo que hacía comentarios obcenos. Estaba pringosa pero lo quería hasta el final, se lambuceaba golosa, se untó las mejillas con su semen. Creía que se trataba de un procedimiento infalible de belleza, un néctar. Seguía jadeando como un perro cazador, mientras el sudor cubría su congestionado cuerpo.

Pero una mañana al encender el televisor se dio cuenta que el escenario de sus noches de amor se había volatizado, que el verdor se había convertido en cenizas. El fuego rugía.

Contempló atónita la fiereza de las llamas, la explosión de olas hogueras, avivadas por el viento.  El fuego cruzaba el escabroso terreno, chamuscaban higueras, casas y cabañas, subían las paredes escarpadas, las montañas.  Se oían ladridos de perros, cabras balando, conejos corriendo como si el alma se la llevara el diablo. Los servicios contra incendio actuaban, unas mujeres rezaban y un chico filmaba la escena…Gritos de dolor retumbaban en el aire.

Entonces ella se acordó de los espíritus soliviantados pero silenciosos. De la noche que los árboles mohosos la observaban y pensó en los hongos creadores y destructores que nutren sin cesar la vida, paralizándola o exterminándola. Los comparó con los hombres.

Se dijo que fueron las cosas de Juan, un inconsciente que había amenazado con quemar el campo. Las llamas se elevaban igual que burbujas de jabón…

Se consoló madurando que la isla tiene una fuerza particular. Estaba segura de recuperaría de nuevo la sonrisa. Después del fuego, la tierra –en una especie de milagro- reverdece con nuevos brotes que crecen las raíces no alcanzadas por las llamas. Pasado un tiempo el corazón de algunos árboles –no se sabe cómo- vuelven al latir. Es el aliento, el tesoro que esconde el volcán.

No tenía dudas de que el barranco poseía un poder mágico, en sus cuevas, en las paredes esculpidas… No tenía dudas de que existen almas esperándoles.

Laura volvió a repasar las veces que habían hecho el amor en aquel lugar, evocó el recuerdo, Miró las fotos que Norberto le había hecho del lugar. Las contempló durante un rato y lloró amargamente.

Fragmento de mi libro “El séptimo cielo”

Blog-rosariovalcarcel.blogspot.com y www.rosariovalcarcel.com

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Rosario Valcárcel

Escritora.

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