La llegada al aeropuerto… Un fragmento del primer capítulo de la novela “Moby Dick en Las Canteras Beach”


20 de Noviembre de 2012.

Un fragmento del primer capítulo de la novela “Moby Dick en Las Canteras Beach” 

“Moby Dick en Las Canteras Beach” se presentará en Los Llanos de Aridane el día 23 de Noviembre en el museo arqueológico Benahoarita y el día 26 en la Casa Salazar.  Ver más detalles

Este es un fragmento del primer capítulo:

LA LLEGADA AL AEROPUERTO 

Los recuerdos son como el mar: van y vienen.

     Algunas veces se te amontonan, se te mezclan. Se te borran o se presentan desnudos y abiertos, o lejanos y vacíos como un día de marea baja. Hoy me ha venido a la mente uno de ellos, unas Navidades especiales: las del año 1954, aquel año que la ballena blanca flotó y flotó en la playa de Las Canteras.

      Desde hacía semanas en mi casa no se hablaba de otra cosa, ni de otro día. El quince de diciembre en las instalaciones de Gando iba a ocurrir algo extraordinario.

      El actor Gregory Peck y John Huston estaban a punto de llegar a la isla. Se iba a rodar Moby Dick, una historia antigua y eterna. Y nosotros tuvimos mucha suerte porque, a pesar de que casi nadie tenía coche en aquella época, José Antonio -mi novio por aquel entonces- consiguió llevarnos a la Terminal a mí y a mi hermana Lucía del Carmen, en un automóvil que un amigo le prestó.

      Al llegar al aeropuerto encontré un ambiente festivo, había mucha gente amontonada por los pasillos, por la sala de espera, que aunque era holgada aquel día se había quedado corta. Había un gentío delante de mí, me apretujaban, me empujaban por detrás, de lado, por delante. Parecía que la sala la habían habilitado para liliputienses. El calor y el humo de algunos cigarros caldeaban la habitación,  se me irritaron los ojos, y reparé que las cristaleras por donde pretendíamos ver cómo iba a aterrizar el avión estaban llenas de vahos calientes. La estancia estaba mal ventilada y olía a encerrado, a tabaco y a colonia barata. Casi me asfixio.

      Autoridades, amigos del cine y curiosos se habían desplazado para darle la bienvenida, para hacerles los honores. Esperaban cerca de la pista y cuando por fin desembarcaron del avión, cuando bajaron las escalerillas, el recibimiento fue amenizado por aplausos, apretones de manos y sonrisas.  

      Los periodistas frenéticos se abrían paso, avanzaban entre los flashes, los   asaltaban haciéndole un sinfín de preguntas. Después alguien pronunció  un discurso.

       Y de repente, por aquello de que no podía faltar algo típico, sonaron los acordes de timples y bandurrias y una chica muy morena vestida con el traje regional interpretó canciones de nuestra tierra, canciones de todo el mundo. Canciones de una tierra muy lejana para los visitantes. Al mismo tiempo el grupo de baile del Lido   enlazaba las manos y con pasos cortos interpretaron isas y folías. Casi lloro.

        Se armó  un jolgorio.

        Pero enseguida empecé a ponerme nerviosa, a moverme, quería seguir con la vista a los actores, los veía muy lejos, así que no pude resistir la tentación de acercarme lo más posible a donde estaban ellos, me zafé de mi novio, tomé de la mano a mi hermana y mezclándome entre el público empecé a caminar, a pedir permiso para poder avanzar:

         -Disculpe: ¿me deja pasar?, ¿me deja pasar? 

          Heredé de mi padre esa decisión. No me podía quedar allí  quieta, sin ver nada. Nos atropellaban, al fin pudimos conseguir colocarnos bastante cerca de Huston que era el director de la película que se iba a rodar en la Playa de Las Canteras y del actor principal Gregory Peck.

      Cada vez había más calor. Estábamos enfrente de ellos. El director se abanicaba con su sombrero, tenía la expresión fatigada y el sudor le corría por las mejillas. Mi hermana que tenía trece años, -dos menos que yo- miraba a esos seres con ojos de asombro, atónita. A mí me latía el corazón muy deprisa pero me encantó esa sensación de proximidad, me sentía feliz con ganas de dar saltos, flotaba entre los que bailaban; ellas con su zagalejo y su refajo bordado hasta los tobillos, ellos con blusa de mangas abuchadas y sombrero negro. Recordaron el mundo guanche.

       -De pronto alguien gritó:

       -¡Gregory! ¡Gregory!

       El clamor se extendió entre todos los que estábamos.

       -¡Qué  hable! ¡Qué hable!

        Chilló  una chica con una gran melena rubia, que estaba a mi lado y enarbolaba un pañuelo de colores. La cantante se detuvo durante un instante. El entusiasmo se nos contagió a todos, nos reíamos y empezamos a lanzar vivas.

       -Estoy feliz de estar en Canarias, en esta tierra de mujeres guapas. 

       Dijo Gregory al mismo tiempo que cogió a un bebé de las manos y se puso a bailar con él. Sonaba el estribillo:

        -Somos costeros arriando velas,

        largando al viento la rumantela…

        ¡Cuánto nos divertimos! Como siempre he desafinado, y me da pánico hacer el ridículo seguía la música en voz baja. Algunos se rieron del golpe del actor, otros vitorearon, golpeaban el suelo con los pies como marcando el compás, el palmoteo recorría la estancia, chocaba en las paredes. Su expresión sonó con un inglés fluido, mezclado con alguna palabra en español. No le quitaba los ojos de encima, observaba cada uno de sus gestos, sus manos. Me fijé en su traje ligero, en su color, en la camisa, en los calcetines, en los zapatos. Lucía impecable…

Blog-rosariovalcarcel.blogspot.com;

www.rosariovalcarcel.com

[aside] [box bg="#FE9A2E   " color="#fffff"]

Rosario Valcárcel

Escritora.

Ver ficha completa>>

[/box] [/aside]

Print Friendly
bannerdestacadosrevista

Tus comentarios nos ayudan a mejorar

Condiciones:
* Esta es la opinión de los internautas, no de La Revista de Canarias.
* No está permitido verter comentarios contrarios a las leyes españolas o injuriantes.
* Reservado el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.
* Se amable. No hagas spam.

Publica tus pensamientos