Pepe Dámaso y el arte africano


Por Luis León Barreto.

Este artista impetuoso y exuberante repetía una palabra con mucha contundencia: la tropicalidad. Hablaba de este cielo, de esta luz, de los caminos que nos trae el Atlántico desde distintas fuentes nutricias, de esa forma peculiar de estar entre varios mundos. Debió ser cuando le hice una entrevista, más de 40 años atrás, en su estudio de La Isleta. Luego, en su Agaete mestizo –los colonos europeos pero también la sangre bereber de los antepasados y la sangre negra de los cientos de esclavos de los ingenios azucareros– quería insistir en los mundos calientes de estas islas, en la transparencia del aire, en la tibieza del mar, en la flora y la fauna de la región macaronésica. De ahí el concepto de la tropicalidad de Canarias, esa vitalidad, esa alegría de vivir que nos acerca a los territorios próximos, a la orilla africana, a la orilla caribeña a la que hemos mandado tanta emigración y que a su vez nos ha devuelto palabras, gastronomía, ritos. Canarias como territorio de ida y vuelta, entrevisto por creadores con los ojos atentos. Y seguramente se refería Dámaso a ese arte continental que conoció en 1966, abajo en Dákar, en aquella exposición que de alguna forma sirvió para confirmar su camino futuro, siempre explorando orillas. Porque en el almacén del artista exaltado, vital e hiperactivo, torrencial, el crítico ha rescatado bocetos, tótems, máscaras, esculturas, dibujos. Hay en esa obra un cierto indigenismo negroide, el mismo que marca la fiesta ancestral de La Rama, y que se expuso en Casa África, en la que por ahora es la última exposición de obra suya.

Dámaso siempre habla de sus sus raíces agaetenses, su infancia contemplando el mar, el Huerto de las Flores de los poetas, el pinar de Tamadaba, el Valle y el tríptico flamenco de Las Nieves. Alonso Quesada, Lorca y Pessoa han estado en su mesilla de noche. Y cómo no recordar sus series: Héroes atlánticos, La Umbría, La muerte puso huevos en la herida, Sexo Quemado. Sincretismo, sexo y muerte, acción arrolladora. Y de sus contemplaciones y sus intuiciones sobre la naturaleza, del mar y el cielo surgió su vocación: pintor y escultor, grabador, muralista, cineasta, diseñador de azulejos, pañuelos, abanicos. Incorporó telas y bordados, barnices, polvo de mármol, arena. En su obra figuran la calavera como constante y el pene, señal de fecundidad. También fue un intuitivo que asimiló la teoría de la negritud que elaboró Senghor, poeta que fue presidente de Senegal, intelectual que quiso rescatar a su gente, la solidaridad y el compromiso con pueblos oprimidos por la historia, que intentan elevar la voz de los pueblos colonizados. Aunque preferimos mirar al norte, aunque casi siempre viajamos a Europa y Norteamérica, África está ahí al lado y hemos tenido amigos africanos tan importantes como Amadou Ndoye, el catedrático de español en Dákar, que tanto hizo por nuestras letras.

A sus 81 años entra y sale del hospital con su afán de superviviente, porque siempre queda otro proyecto pendiente, otra cosa por hacer. Este hombre no se rinde a la muerte, sino que la enfrenta colocando frente a ella su escudo de fuerza arrolladora, de entusiasmo creador. La luz de este mes de mayo reverdece por los cuatro costados, el aire sahariano trae la tropicalidad de La Rama, y las cosas de Juanita, aquella mujer de Agaete casi descarriada, casi bruja. La tropicalidad es también el mal de ojo, el curanderismo, la superstición, tan arraigada cuando hasta el lenguaje popular refleja elementos mágicos. Y el ídolo de Tara transformado en un mascarón africano, con sus cuernecillos, y la utilización de instrumentos de la vida cotidiana para fabricar pequeñas esculturas que se convierten en otra cosa. Y esos 13 bocetos rescatados en los que aparecen hombres negros, tristes, erguidos, apaleados pero desbordantes.

El mestizaje con la población africana de los primeros ingenios azucareros en Agaete, Telde, Argual, Tazacorte, Taganana o La Orotava dejó señales identitarias que flotan en el subconsciente colectivo. Nos dicen los cronistas que en el primer tercio del siglo XVI ya había más de 20 ingenios azucareros en Gran Canaria, los maestros azucareros vinieron de Madeira pero la mano de obra vino de la costa africana, y de este modo se injertó un elemento racial nuevo en la gente de las islas. El continente tan cerca y tan lejos, África en el Parque Santa Catalina, donde siempre hubo un escaparate africano “folklórico y decorativo.” Además de los elementos raciales y políticos, quizá lo que nos ha alejado de África es la cercanía a un territorio tan áspero como el desierto del Sáhara. Pero ahora la posición de las islas se valora por sus posibilidades comerciales cara a naciones emergentes, futuro mercado.

Es hombre de compromiso, tal como señala el crítico Orlando Brito, pues ya en los años 60, al ponerse en marcha el proceso descolonizador entiende la cultura como puente con las jóvenes naciones vecinas. Desde entonces surge el compromiso social y estético del artista con el arte africano. El Dámaso viajero que marcha a Egipto en compañía de César Manrique, que a través de Lorca visita Nueva York y encuentra los elementos afroamericanos que van desde Harlem a Cuba y a otros mundos latinoamericanos.

En las salas de Casa África hay objetos, collages, pintura matérica y toda una variedad de técnicas y obras que incorporan hojas de platanera, tela de arpillera, cuero, ceniza volcánica, espejos. Claro que las diferencias sociales, históricas y hasta religiosas nos han colocado de espaldas al continente negro. Y el drama de las pateras, y los cientos o quizá miles de africanos que se tragó el océano en su sueño de llegar a estas islas. Y ese sufrimiento de naciones empobrecidas por tantos conflictos bélicos, por tanta epidemia, por tanta explotación de las potencias europeas. De ahí esa serie que se denomina Crucifixión Negra, las Tragedias Atlánticas, las Máscaras-Papahuevos. Tenía que suceder que el espíritu explorador del artista le llevase a buscar conexiones entre la canariedad y la africanidad, rituales próximos en culturas tan diferentes y tan cercanas geográficamente.

Dámaso es un cosmopolita que hurga en sus ancestros para perfilar una obra admirada por las mayorías pues es un icono cultural, Honoris Causa por la ULPGC, Premio Canarias, capaz de crear relaciones con tanta gente, con tantos proyectos, con tanta clarividencia. Un creador que no se jubila, como si tuviera el arte de perpetuarse tras los achaques de la edad. Dice que ya solo le queda permanecer en estado de reflexión, pero en realidad nunca abdica de su arrebato, de su versatilidad, de su capacidad rompedora para crear. Siempre crear, más allá de la contingencia de estar vivo.

(Blog La Literatura y la Vida) www.blogdeleonbarreto.blogspot.com

Opinión

Luis León Barreto

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