TEA proyecta el largometraje ‘Camino de la cruz’, de Dietrich Brüggemann


  • Del 3 al 5 de abril de 2015.
  • A las 19:00 y 21:30 horas en el TEA Tenerife Espacio de las Artes. S/C de Tenerife.

La película está estructurada en 14 planos secuencia, que se corresponden con cada una de las estaciones del Vía Crucis.

‘Camino de la cruz’, de Dietrich Brüggemann, es la película que proyecta TEA Tenerife Espacio de las Artes del 3 al 5 de abril de 2015. El largometraje, galardonado en Berlín y Valladolid, se podrá ver en versión original en alemán con subtítulos en castellano. No recomendada para menores de 12 años. El precio de la entrada es de 4 euros, 3 para los miembros del colectivo ‘Amigos de TEA’.

María tiene 14 años y tanto ella como su familia forman parte de la Iglesia Católica Fundamentalista. María vive, así, su día a día en un mundo moderno, pero su corazón le pertenece a Jesús. Su sueño es seguirle, dedicarle su vida entera, convertirse en santa e ir al cielo, como esos niños santos de los que tanto le han hablado. Así, María hace las 14 estaciones, al igual que Jesús hizo en su camino a Gólgota. Nadie puede pararla, ni siquiera Christian, a quien María ha conocido en el colegio, a pesar de que, en otro mundo, ambos podrían haber sido amigos, o incluso algo más que amigos. Detrás de ellos, se encuentra una familia rota, que encuentra consuelo en la fe. La película es una historia de religión, devoción y fe radical.

Ficha técnica.

  • Película: Camino de la cruz
  • Dirección: Dietrich Brüggemann.
  • Guión: Anna & Dietrich Brüggemann.
  • Interpretación: Lea Van Acken, Franziska Weisz, Florian Stetter, Lucie Aron, Mortiz Knapp, Klaus Michael Camp, Hanns Zischler, Birge Schade, Georg Wesch, Ramin Yazdani.
  • Producción: Jochen Laube.
  • Dirección de fotografía: Alexander Sass.
  • Montaje: Vincent Assmann.
  • País: Alemania.
  • Año: 2014.
  • Duración: 107 minutos.
  • Distribuidora: Caramel Films.
  • Estreno en España: 12 diciembre 2014.
  • Calificación por edades: No recomendada para menores de 12 años.

COMENTARIOS DE DIETRICH BRÜGGEMANN (Munich, 1976) Director y guionista de ‘CAMINO DE LA CRUZ’

“El tema de esta película no se parece nada a lo que he hecho hasta ahora. Formalmente, retoma algo que utilicé en el pasado y de hecho existen ciertas conexiones entre los contenidos”

¿Por qué este formato? Trabajar con cuadros fijos que llegan a los 15 minutos de duración fue una de las experiencias más gratificantes que he hecho desde que debuté con la película NEUN SZENEN en 2006. La mirada sin concesiones de una cámara inmóvil, un espacio que uno percibe siempre como un todo, un grupo de actores que sigue una coreografía propia del teatro y que puede imponer este espacio a través de una cámara que lo cubre todo, desde el plano largo hasta el primer plano. No necesitamos coger a los espectadores de la mano a través de la resolución y el montaje; en cambio, les permitimos que sus ojos vaguen y perciban todo en su simultaneidad. Luego está el trabajo con los actores que exige una concentración totalmente diferente a una película convencional a través de las tomas largas… La presión que se puede acumular lentamente en una toma larga, única. Todos ellos son aspectos que quería retomar de alguna manera.

¿Por qué este tema? El tema de CAMINO DE LA CRUZ es ¿Qué pasa entre los jóvenes de 20 años y sus padres? ¿Cómo se consigue cortar el cordón umbilical? ¿Cuántas maneras hay de aferrarse a tus hijos o para darles su libertad? y nos preguntamos: ¿qué sucede en una familia profundamente religiosa que reza a un Dios que se toma más en serio a sí mismo que a cualquier otra cosa? Por supuesto, nos encontramos frente a un par de problemas muy importantes que hemos “desglosado” en preguntas individuales. Mientras que a finales del siglo XX aun así podíamos creer que la religión se había vuelto más o menos irrelevante, hoy vemos lo opuesto en todas partes: la multiplicación de los cristianos evangélicos en Estados Unidos, la presencia permanente del Islam militante en los medios de comunicación… La Sociedad de San Pío X, que sirvió de inspiración para la Sociedad de San Pablo en la película no es, en comparación con otras sociedades, un movimiento de masas a pesar de que tiene sus seguidores. Y lejos de estar al margen del catolicismo, ocupa en realidad el corazón de la Iglesia. Según ellos, la Iglesia se vació de contenido en la década de los 60, y sólo la Sociedad de San Pío X se mantuvo fiel a la verdadera esencia de la fe. Su incuestionabilidad plantea algunas preguntas incómodas a la Madre Iglesia: ¿Hasta qué punto se lo toma en serio? ¿Está difundiendo la fe con compromiso y coherencia o es una especie de compañía moderna de servicios especializados que ya no interesa a nadie?

¿Por qué ahora precisamente? Hace mucho tiempo que no oíamos hablar de la Sociedad de San Pío X. De vez en cuando te encuentras con artículos divertidos o bien intencionados sobre los “fundamentalistas religiosos”. Pero fue con la elección de Joseph Ratzinger como Papa de que el catolicismo – incluyendo los tradicionalistas- volvió a ser protagonista del debate público. En 2009 el Papa revocó las excomuniones de los obispos de San Pío, y, al mismo tiempo, también salió a la luz que uno de ellos, el obispo Richard Williamson, mantuvo negó repetidamente el Holocausto, lo que produjo grandes convulsiones en la Iglesia. Una página web agitadora y repleta de odio llamada kreuz.net comenzó a atraer a un público cada vez más numeroso hasta que el año pasado generó tantas protestas que fue retirada de Internet. Mientras investigábamos para la película, nos dimos cuenta de que la Sociedad de San Pío -que parece tener muchos seguidores- había dejado de celebrar sus servicios en almacenes y otro tipo de edificios industriales; dondequiera que miramos, habían encontrado sedes en iglesias bien construidas, muchas de ellas nuevas. Todos estos aspectos sugerían que era el momento adecuado. Por otra parte, percibí en mis propios círculos una especie de regreso a la religión. Nuestras vidas están tan fragmentadas, nadamos en un mar de accionismo sin sentido. Estamos a un paso de empezar a soñar con un monasterio, viendo películas en las que la práctica silenciosa de la fe adquiere todo su valor. Añade esto a lo anterior, al resurgimiento mundial de los que practican una fe radical. Pero antes de hacer una película sobre baptistas o musulmanes radicales, prefiero observar este fenómeno desde el punto de vista de sus manifestaciones locales, tal y como aparece aquí, en la sociedad en la que vivo.

¿Qué es lo que no queremos? Queremos distinguirnos de las críticas habituales que se dirigen contra la Iglesia. Personalmente, no tengo nada contra la religión, ni tampoco contra la Iglesia católica. Dejemos a la gente que forme comunidades, funde coros y se ayude mutuamente. Este es uno de los subsistemas que da a luz a nuestra sociedad como tal, y tiene su legitimidad. Tampoco me interesan los escándalos de abusos; ya tenemos suficiente información sobre ese tema y el interés que despierta siempre deja un regusto amargo de sensacionalismo morboso. Pero me gustaría plantear una pregunta más radical: ¿Dónde está el abuso del sistema? ¿Qué sucede cuando nadie puede cruzar sus fronteras firmemente delimitadas? Cuando el párroco da clases de confirmación y los padres educan a sus hijos de acuerdo con lo que les dicta su conciencia, ¿no es esto un abuso de por sí, no un abuso esporádico o sexual, sino global y espiritual?

¿Por qué precisamente nosotros? Anna y yo conocemos este entorno ya que nuestra propia familia perteneció a los círculos de la Sociedad de San Pío en la década de los 90. En aquel entonces, nuestro padre opinaba que estaba bien. Después se fue relajando. Nuestra familia era bastante atípica, y las razones son complejas. La película no representa para nada a nuestra familia, ni busca resolver cuestiones pendientes. El punto decisivo es: Gracias a esta situación, hemos obtenido información que hubiera sido muy difícil de conseguir de otra forma. Yo estoy siempre a favor de los cineastas sepan de lo que están hablando. Y ese es el caso en esta película.

Premios y Festivales

  • Festival de Cine de Berlín 2014:
  • Premio al Mejor guión y premio del Jurado Ecuménico.
  • Seminci de Valladolid:
  • Espiga de Plata a la Mejor Película, Premio FIPRESCI de la Crítica Internacional, y Premio del Jurado Joven.

Críticas

“Espectacular. La película comienza con la primera de las catorce estaciones del Vía crucis: Jesús es condenado a muerte. Un plano fijo, un cura y seis adolescentes recibiendo la catequesis para su confirmación…La inteligencia del director, Dietrich Brüggemann, ha creado un dispositivo estético que funciona a la perfección. Una inmovilidad de cámara, 14 planos secuencia y fijos con leves movimientos (3 o 4) que materializa la pesadez, la resistencia y la gravedad de la situación, y un último plano que promete largas sobremesas de discusión. Extraordinaria película. Tanto los festivales de Berlín (mejor guión) como la Seminci de Valladolid (Espiga de Plata y Premio FIPRESCI) se rindieron ante esta maravilla. Cine europeo de altísima calidad que igual recuerda al “Ordet” de Dreyer que a “Canino” de Giorgos Lanthimos” (Fotogramas)

“El director Dietrich Brüggemann convierte a María en una versión moderna de Jesús, de manera que cada escena recree una de las fases de su viaje a la (metafórica) crucifixión. La película se plantea, desde el rigor y la severidad extrema, cuál sería el destino de Jesucristo en nuestra sociedad. Y, claro, sus conclusiones resultan escalofriantes” (Sergi Sánchez, ABC)

“No es frecuente encontrarse con películas que juegan con el espectador, de una manera casi diabólica, a través de las sutilezas de su puesta en escena. Camino de la cruz, del alemán Dietrich Brüggemann, un cineasta hasta la fecha inédito en nuestro país, es un interesante caso de estudio y un trabajo admirable por más de un motivo. La película, que podría integrar un provocador -y, sobre todo, muy estimulante para el debate- programa doble con Camino (2008) de Javier Fesser, narra con implacable frialdad el proceso de sacrificio y autosantificación que emprende una adolescente, nacida en el seno de una familia católica integrista, con el fin de sanar a su hermano pequeño del autismo. Uno de los aspectos que resultan más llamativos de la propuesta es su riguroso planteamiento formal: 14 planos secuencia -en su mayor parte estáticos- que corresponden a los sucesivos pasos del vía crucis y que, sin embargo, no convierten este trabajo en una de esas películas de dispositivo cuyos universos se revelan incapaces de respirar y alzar el vuelo más allá del corsé de su forma. Ya desde la primera secuencia, en la que el espectador asiste al estremecedor adoctrinamiento de un grupo de jóvenes por parte de un seminarista, Brüggemann consigue que sus planos sean ventanas abiertas a una realidad ajena, patológica, pero viva, orgánica y verosímil, en cuyo seno la protagonista se enfrentará más de una vez a las inconsistencias y fracturas entre realidad y deseo. La ejecución, tanto por parte del cineasta como de su elenco, es asombrosa y todo temor de estar ante un pie forzado que condicionará el conjunto se diluye pronto. La armonía entre fondo y forma parece lanzar una idea inequívoca al espectador objetivo de Camino de la cruz: estamos ante una impugnación del integrismo y ante el doloroso espectáculo de la pasión de una inocente autoengañada (y condicionada por el entorno) bajo el silencio de Dios. ¿O no? El auténtico salto mortal de la película está justamente en su habilidad para introducir una calculada ambigüedad en su propuesta aparentemente cartesiana e inflexible. Verdadero cine de la provocación, que cuestiona las apriorísticas certidumbres de su espectador.”(Jordi Costa, El País)

“Sorprendente ejercicio espiritual el que realiza el alemán Dietrich Brüggemann con esta película de estructura rígida y de contenido tan maleable que cada cual, religioso, laico o mixto, podría cómodamente metérselo en el bolsillo. A lo grueso, igual puede verse en ella una crítica al catolicismo radical que un recorrido magnífico hacia la trascendencia y el milagro. Pero, en ese sentido, Brüggemann es un equilibrista y deja que su cámara hable por él. Y es la cámara la mayor sorpresa de esta película, pues se planta en un trípode de escayola ante la escena y elabora una narración escrupulosa, rica y emocionante en catorce planos secuencia que nos traducen las otras tantas estaciones hacia el calvario de la adolescente María, una niña entregada con furia callada a su devoción religiosa que sublima (y tal vez, denigra) su ambiente familiar estricto, con una madre fanática, y los resortes de su vida escolar y juvenil. La primera secuencia, magistral, como la mayoría de las siguientes (la de la Comunión es emocionante, tanto por su contenido «extra» como porque libera el primer y único movimiento de cámara de toda la película hasta la ideológica panorámica final), y se ve en ella la actuación de un sacerdote joven aleccionando a los jóvenes de los principios y del rigor que será la esencia de la película, de su contenido y su continente. Las dudas, la rebeldía, la enfermedad, el sacrificio, la débil llamada de la adolescencia, la renuncia y la fe en el milagro (muy, muy lejano a Dreyer o a Lars von Trier) son los pasitos clavados de esta obra llena de dificultades, siendo la primera el logro de unas interpretaciones impresionantes, a «capella», sin cortes ni planos de recurso, sentida de un modo descorazonador por todos sus intérpretes, aunque especialmente por la joven Lea van Acken, que no se deja ni un sentimiento por transmitir? Impecable en su marco sólido y cuadrado, y retorcido como un anzuelo en lo que encuadra, en su dibujo de (y ahora, escoja) un ambiente católico opresivo y retrógrado, o lo otro, la importancia, trascendencia y milagro de una vida espiritual plena.” (Oti Rodríguez Marchante, ABC)

“La idea de ‘Camino de la cruz’, si se quiere, es sencilla: se trata simplemente de reproducir un trayecto milenario. En 14 planos estáticos, fijos y difícilmente refutables, el director coloca los pies exactamente en las mismas huellas que dejó hace poco menos de 2.000 años un señor llamado Jesucristo. Hablamos, para entendernos, del Vía Crucis…’Camino de la cruz’, en su sencillez ascética, se presenta como una auténtica, brillante y profunda revelación, una invitación a dudar de todo. Dice Brüggemann que su cine bebe de Lars Von Trier, de Haneke y, ya puestos, de Roy Andersson. Todos ellos asépticos moralistas del vacío.” (Luis Martínez, El Mundo)

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